Dolor a gasolina. ¿La crisis pasó?

Miriam Grunstein
Consultora de empresas energéticas públicas y privadas. Académica del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), la Universidad de Nuevo León y el Baker Institute Mexico Center. Se licenció en Derecho y Estudios Latinoamericanos; es poseedora de maestría y doctorado por la New York University.

Dolor a gasolina. ¿La crisis pasó?

Alguna vez un geólogo de una gran petrolera internacional comentó que la gente va a permitir y aceptar una apertura comercial de los energéticos cuando sienta “el dolor.” Él se refería al dolor de la escasez, a la temida, y hoy apenas sentida, “crisis energética”. Entiéndase la última como un apretón inclemente en la oferta de lo que más necesitamos pero que menos valoramos: electricidad y combustibles. Es hora de entender que estos elementos, que hemos dado por garantizados, tienen un costo alto, no sólo en la producción, sino también en la logística. El ejemplo más reciente es la promesa del presidente López Obrador de que con la construcción mágica de la refinería en Dos Bocas desaparecerán de forma igualmente prodigiosa las preocupaciones de precio y suministro, cuando no hay información que justifique un costo competitivo ni se sabe cómo lo hará llegar desde Tabasco hasta los centros de consumo.

Pero no es así. Y es aún más importante tomar en cuenta que el presidente nos esté hablando de lo que él quiere: del robo y la corrupción, que no del mercado. Según él, si no hay gasolina es porque hay ladrones y corruptos y no porque aún tenemos un solo proveedor estatal que ha manejado con criterios políticos o recaudatorios el suministro de combustibles pero jamás según un esquema comercial. Para ser claros, la ruina de nuestro Sistema Nacional de Refinación proviene de una idea muy errónea de que la gasolina es un “derecho” o una “prestación” social que debe ser provista por el Estado cueste lo que cueste y con pérdidas. Y como la gasolina no es percibida como un bien que no está en el comercio, que deviene de una actividad lucrativa, pues Pemex no sólo ha permitido que se la roben, sino que ha tenido funcionarios que, al ser partícipes de este mercado ilícito, compiten de forma espeluznantemente desleal contra él mismo. Una empresa privada no toleraría que sus mismos funcionarios se robaran el producto, no tanto por un tema ético, sino por uno comercial. Y es que las empresas cuyo ánimo es lucrar tienen accionistas a los que deben rendir cuentas. Pemex y sus funcionarios pasan sobre nosotros porque pueden.

Por muchos años la gasolina en México, con pocas variaciones, fue barata y abundante. Eso lo pudo hacer el gobierno mientras ganaba votos y, a la vez, perdía dinero. Hasta el sexenio de Calderón la ecuación costo-beneficio favoreció la popularidad política contra la hacienda pública. Se cobró más dinero, no para reinvertir en Pemex, sino para sostener un gobierno caro y malo, nuestros gobiernos caros y malos. Por muchas décadas, la lógica de los que manejan a Pemex –muy particularmente la Secretaría de Hacienda—ha sido la siguiente: no hay que invertir en refinación porque es una coladera de dinero, por ineficiencia y corrupción. Entonces, en lugar de eliminar la ineficiencia y la corrupción, dejaron que la refinación en México se cayera a pedazos. Hoy vivimos las consecuencias de la visión muy errónea de que la gasolina no es un buen negocio, digno de ser defendido con las garras del dueño más celoso de su patrimonio.

Ya pasó el desabasto. Tras largos días de ley seca al menos en la cdmx ya estamos al día en nuestros combustibles. Todo indica que, en menos de lo que llegaban las pipas a la gasolinera, ganamos la guerra contra el robo de combustible. En toda la historia del país no se ha visto una victoria más expedita contra la delincuencia organizada y sus secuaces. Ya ni el mismo presidente ha vuelto a tocar el tema y menos tras la lastimosa chamuscada en Hidalgo.

La secuela de esta crisis, que ni crisis fue, es una compra grande y algo impulsiva de carrotanques para el traslado de estos hidrocarburos. En una compra compulsiva de pipas, la Secretaría de Economía, la de la Función Pública y la Oficialía Mayor de la Secretaría de Hacienda cargaron a la cuenta del país 707 cabalísticas pipas. Lo que no es claro es si ésta es la ruta más eficiente para el consumo de la gasolina de los mexicanos. Menos evidente es aún si rodar la gasolina es más seguro tanto en lo industrial, lo ambiental, como en el suministro.

Primera pregunta: ¿qué sale más barato? ¿Por ruedas o por tubo? Información hecha pública por la Comisión Reguladora de Energía muestra que el transporte de gasolina por carrotanque es 14 veces más caro que hacerlo por ducto. Esto se debe a que la aparente facilidad de verter la gasolina en una pipa y lanzarla a rodar es bastante más cara que toda la construcción, instalación y mantenimiento de un ducto. La inversión inicial de la pipa claramente es menor pero también su durabilidad. Una pipa pierde valor apenas sale del garaje, mientras que un tubo tarda más en depreciarse. Cuando la minusvalía de un ducto apenas inicia, una pipa ya cursó su vida útil. Cuando de seguridad ambiental se trata, una pipa tiene más emisiones que un ducto que por lo general corre bajo tierra. Tampoco un ducto es una bomba rodante que carga de 20,000 a 40,000 litros de la inflamable sustancia. Y sí, en cuanto a evitar el robo del combustible, no se requiere de mayor pericia para asaltar una pipa, cuando la perforación de un ducto precisa de mayores competencias. La tragedia de Hidalgo demuestra que no cualquiera puede picar un tubo sin salir gravemente y/o fatalmente quemado. Por último, en orden mas no en importancia, está el tema del impacto en la movilidad. El tránsito de transporte pesado causa desgaste de los caminos y congestiones. Para aquilatar el tamaño de este impacto tendríamos que conocer las rutas de las pipas, las cuales no se han informado.

Cuento aparte son los titulares del negocio de transporte terrestre de combustibles. En México se conocen familias ligadas o parte de los grupos políticos que por una millonada le han prestado este “servicio” a Pemex. 

En la galería de la infamia están en la sala central Carlos Hank Rohn, Javier Cantú Barragán, Gu­de­lio y Gustavo Cavazos Marroquín, el mismo ex director de Refinación, Juan Bue­no Torio y la inolvidable familia Mou­ri­ño.

Estos grupos controlan un total de 1,483 empresas, según datos de la Comisión Reguladora de Energía, cuyo padrón de pipas no es público. Habría que ver qué tan completo es para tener una mejor idea de su monitoreo.

En los últimos días de febrero el presidente convocó a concurso las plazas para los conductores de las pipas; los resultados son difíciles de evaluar porque las cifras de solicitudes, exámenes aprobados y pendientes de evaluar, no cuadran. El número que se antoja gracioso corresponde a los candidatos que no han tramitado su licencia. Esto nos lleva a mencionar que no cualquiera es apto para transportar gasolina y nos preguntamos si se trata de un ejercicio riguroso de selección y no una caza de clientelas. Si lo último es verdad, las consecuencias de la ineptitud de los choferes podrían ser fatales. Si la contratación de personal poco capacitado es el caso, bien podría caber el dicho, “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.

El presidente ha anunciado que su “estrategia” contra el robo de combustibles ha sido asaz exitosa. De hecho, desde los días aciagos a principios de enero, los habitantes de la cdmx no hemos sabido del desabasto de gasolina. Tranquilos y contentos, es fácil encender el motor del coche y dejarlo rodar hasta que el tanque aguante. Los lugareños de varios estados del país pasamos un trago muy amargo durante aquellos días y es posible sentir orgullo de que en general nuestra conducta fue cívica y, con algunas excepciones, dispuesta a fluir durante el mal momento. El estoicismo de la gente en las filas hacia la bomba fue, para muchos, digno de reconocimiento. Los mexicanos apoyaron el coraje del presidente, quien se autoproclamó el primer mandatario en emprender una lucha frontal contra el robo de combustibles, curiosamente llamado “huachicol” en nuestro lingo popular. Si el precio a pagar era “unos cuantos días” sin el fluido, el precio a pagar por la lucha contra su robo era en realidad trivial.

Ya se nos olvidaron las colas hacia la bomba roji-verde, pero tal vez sea útil mantener cierto nivel de estrés postraumático pues debemos estar preparados para que vuelva a suceder. Con robo y sin robo, ahora sí que podría haber una crisis de escasez en lugar de simple desabasto. Verán: durante los días difíciles sin gaso­li­na el presidente puntualizó que no se trataba de una situación de “escasez” sino de “desabasto”. A pesar de que poca gente entendió la diferencia sutil entre uno y otro término, el mandatario tenía razón en el sentido de que no faltaba gasolina en el país sino que, por haber cerrado los ductos, no era posible hacerla llegar a los centros de consumo. Pues bien, transcurrieron los días, llegó la gasolina y la crisis pasó. Ciertamente, se trató de un asunto de desabasto que no obedecía a un problema de escasez.

La próxima vez que suframos, podría ser porque, para nuestra desdicha, se trate no sólo de un desabasto sino de una verdadera escasez. Que no haya gasolina podría deberse a estas razones, en lo principal. La primera y más importante es que nuestra producción petrolera va a la baja considerablemente. En este primer trimestre Pemex reporta que su extracción diaria es de 1.6 millones de barriles. Si nos da curiosidad cuánto es esto, si mucho o poco, vale la pena comparar este número con los 12 millones de barriles diarios que producen los Estados Unidos. ¿Cuál de los dos países –México o Estados Unidos—es realmente el petrolero? La pregunta es necia.

Con una producción a la baja, la pregunta, que no es necia, es, ¿por qué invertir en una mega refinería cuando ni siquiera tenemos la seguridad del suministro para alimentarla? ¿No sería mejor meterle dinero a la exploración y producción para que, una vez que se estabilice ésta, procedamos a analizar si lo que conviene es la refinería nueva o rehabilitar las existentes?

Otra cuestión es la viabilidad económica de la refinería en sí, independientemente del suministro de crudo nacional. Aún no se conoce, y es posible que ni exista, un plan de negocios para la archi famosa refinería. Y es que el presidente no tiene un plan de esta índole porque no considera esta actividad un negocio como tal. Para él, lo que cuenta es armar una Estrella de la Muerte en la selva de su estado natal, con la ilusión infundada de que de ella brote un maná de barriles baratos. Aún no hay razón para pensar que la producción de la gasolina de esta refinería debe ser más económica salvo por suministrarla a un precio muy distorsionado. Esto es, sin cuestionar la viabilidad general de este megaproyecto. ¿De verdad la terminarán en tres años y a ese costo? Dado que la construcción en México es notablemente tardía y cara es posible que ni la veamos en ese tiempo ni paguemos ocho mil millones de dólares por ella. Tal vez el contribuyente desembolse mucho más por algo que, por rebasar el término sexenal, sea abruptamente cancelado. Algo de experiencia tenemos en echar en reversa megaproyectos.

Así que esta crisis ya pasó, pero el futuro es muy preocupante. Si el presidente estima que la solución no está en la participación de particulares y la creación de un mercado, hay menos razón aún para pensar que el robustecimiento de Pemex es la salida del túnel. No podemos hablar del fracaso de la reforma petrolera porque apenas fue aprobada hace seis años. En cambio, tenemos buenas bases para sentenciar el desempeño de Pemex después 30 años de deterioro debido a una pésima gestión gubernamental. La falta de propuestas confiables de este gobierno nos conducirán a lo mismo. Si me preguntan, la crisis no ha pasado. Apenas inicia.

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Breve panorama sobre la crisis global del capitalismo fósil en el siglo XXI