Edificar diálogos, no muros

Edificar diálogos, no muros

Angélica Cuéllar Vázquez

Directora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Doctora en Sociología por la UNAM, posee un posdoctorado en Sociología Jurídica por la Universidad de Milán, Italia. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI).

En este año conmemoramos el 30 aniversario de la caída del Muro de Berlín. Han pasado ya tres décadas desde aquel 9 de noviembre de 1989, cuando se cimbraron todas las capas geológicas del orden político del mundo. La caída del Muro

tiene, evidentemente, diferentes maneras de comprenderse: es un acontecimiento caleidoscópico que nos demanda seguir examinando su importancia. Pensar sus causas en Europa y sus consecuencias en México, Latinoamérica y el mundo en general nos congrega siempre. Debemos pensar la trascendencia, no solamente desde las ciencias sociales, sino también desde la cultura, las artes y las humanidades de, posiblemente, el evento más importante del mundo en los últimos cincuenta años.

A nivel político, antes de su derrumbe, el planeta estaba dividido en dos grandes configuraciones geopolíticas: el capitalismo y el socialismo, nutridas por ideologías diversas y universos valorativos en pugna. Con el derrumbe del bloque soviético se sacudieron los propios ordenamientos políticos y los lineamientos de un cambio radical que el marxismo —y sus metamorfosis leninista y estalinista— proponía, además de que no pudo evitar su concreción en regímenes autoritarios o dictatoriales.

El fin de la bipolaridad generó las esperanzas de que la confrontación sería sustituida por un entendimiento transnacional y regional; que cesarían las guerras generadas o incitadas por los intereses de las dos grandes potencias y sus respectivas áreas de influencia; y que la negociación de los conflictos regionales impedirían mayores violencias. Así que como el derrumbe del muro no fue previsto, este último diagnóstico esperanzado fue prematuro. Más aún, la apertura que significó la caída del Muro de Berlín fue pensada, de manera optimista, como el inicio de un “mundo total”, interconecta- do, y que se encaminaría a un desarrollo político y económico mundial sin precedentes. Fue vista como el cumplimiento de la promesa de una aldea global, para retomar la noción de Marshall McLuhan.

A su vez, las esperanzas de que el capitalismo triunfante como modo de producción, sus culturas y su devenir histórico eran las únicas vías para el progreso y el desarrollo de cualquier sociedad también adoleció de premura.

 Seguimos viviendo las tensiones entre desigualdad y democracia, marginación y participación política, ciudadanía y exclusión social. Seguimos luchando por la democracia en todas sus dimensiones —de auténtica participación; de libertad; de voluntad, voto y opinión. Estamos aquí, para pensar, reflexionar y discutir de manera crítica las lógicas de la etapa histórica en la que nos encontramos actualmente.

Y qué mejor razón para recapacitar sobre los innumerables muros físicos y simbólicos que se están edificando en muchas partes del mundo, que dialogar sobre la caída del muro más célebre que tuvo Europa en el siglo XX.

Nuestra posición como académicas y académicos nos exige un pensamiento crítico de lo que significó el Muro de Berlín en un mundo dividido por la Guerra Fría; en un momento que vivía en un clima de miedo por una posible guerra nuclear, consecuencia de la carrera armamentística entre Occidente y la URSS. Hoy nuestros miedos son otros, pero no podemos pensar la naturaleza de nuestros temores sin referirnos a aquel que nos definió y constituyó un eje de producción tecnológica, política y social durante la segunda mitad del siglo pasado.

La realidad que hoy vivimos es compleja. Si bien es cierto que los procesos de globalización, la interconexión del mundo a nivel tecnológico, cibernético y migratorio es colosal, las problemáticas sociales, políticas y culturales lejos están de ofrecer sus potencialidades. Las mutaciones que han sufrido las democracias en todos los rincones del planeta, la crisis de refugiados que aqueja a Europa, el resurgimiento de racismos en todo el mundo, la violencia que vivimos en México y en América Latina, las fuerzas excluyentes del libre mercado actual, con un largo etcétera, nos hacen percatarnos que el análisis riguroso debe sustituir las esperanzas infundadas.

Nuestro papel como investigadoras e investigadores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de esta universidad es dar cuenta de las posibles aristas que se aglutinan en las causas y consecuencias de este acontecimiento tan importante.

La tarea de cada uno de nosotros es edificar diálogos, no muros.