Migración y subdesarrollo: la evidencia empírica y la fantasía neoliberal

Roberto Herrera Carassou
Doctor en Sociología por la UNAM, profesor de esta Facultad adscrito al Centro de Estudios Sociológicos (CES) y al Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA). Autor del libro La perspectiva teórica en el estudio de las migraciones.

Migración y subdesarrollo: la evidencia empírica y la fantasía neoliberal

La ostensible vinculación del subdesarrollo y la pobreza con determinados tipos de migraciones ha sido cuestionada por algunos autores e instituciones que sostienen que los movimientos migratorios laborales contemporáneos deben verse como manifestaciones del desarrollo y no a la inversa.1

Sin embargo, la evidencia histórica y la extensa información empírica existente demuestran lo contrario; es el subdesarrollo el factor principal que actúa como determinante en la expulsión de fuerza de trabajo desde la periferia del sistema capitalista mundial a sus centros hegemónicos, así como desde los polos internos marginales a los más avanzados de una formación social. Por tanto, las migraciones masivas, los sistemas migratorios históricamente establecidos, como el de México o el de Centroamérica hacia los Estados Unidos, son un símbolo inequívoco del subdesarrollo de nuestra región. Tampoco tales migraciones se producen por la búsqueda o por el disfrute del bienestar como sostiene la OIM2, siguiendo las ideas de Amartya Sen.3Si bien es cierto que la búsqueda de mejores condiciones de vida está presente en el acto migratorio, la urgencia por satisfacer necesidades básicas, e indispensables para subsistir, es la meta más acuciante y la causa principalmente de la inmensa mayoría de las migraciones humanas. Un ejemplo que niega ese alegado objetivo de lograr el bienestar como recompensa de la migración es el costo invaluable en capital humano por la pérdida del llamado “bono demográfico” para el país o región emisora y las deplorables con­di­cio­nes individuales de existencia del migrante laboral en el lugar de destino. En el caso específico de México, como sucede a escala mundial, desde que el migrante cruza la frontera en busca de trabajo, un modo de vida plagado de vicisitudes materiales y morales le aguardan. Una referencia indispensable de mencionar, que confirman lo anterior, son las remesas que envían a su país de origen lo que significa una substancial reducción de sus menguados salarios. Sin embargo el análisis del flujo y destino de las mismas y un semillero de evidencias empíricas confirman que el envío de remesas por los migrantes no ha propiciado nunca el desarrollo en las regiones donantes. Solamente han servido para mitigar penosamente las bre­chas de consumo que el desempleo ha dejado en sus comunidades de origen, y sobre todo, para sostener en pie las débiles columnas sobre las que a duras penas salen a flote las economías de sus países respectivos.

El caso de México es emblemático. El importe de las remesas enviadas por nues­tros migrantes ha llegado a ser más del 3% del PIB, y si le restamos a la economía esos ingresos en divisas, el país entraría en una crisis económica sin paralelo. En el triángulo norte de Centroamérica, des­de donde proceden las caravanas de migrantes que hoy tanto abruman a los guardafronteras de los Estados Unidos, los envíos significan el 18% del PIB de Honduras, el 17% de El Salvador y el 10% de Guatemala. Sería una catástrofe económica colosal para esos países si tales remesas no fueran enviadas por sus conciudadanos migrantes.

El doble rasero existente en el ma­ne­jo de datos es muy común en el dis­cur­so neo­li­be­ral. Y por supuesto, puedo com­pren­der que esta visión sesgada de la rea­li­dad ten­ga se­gui­do­res porque en un am­bien­te in­te­lec­tual en el que la mo­der­ni­dad es fuer­te­men­te criticada por atri­buir­se a la racionalidad, que es su pro­duc­to más ele­va­do, un componente autoritario ina­cep­ta­ble, la revelación de la rea­li­dad, tal co­mo ella es, sin maquillaje, resulta un grave in­con­ve­nien­te.

La situación real, históricamente com­pro­ba­da, nos muestra a las migraciones laborales como un problema crónico de índole histórico-estructural y como una genuina e incuestionable anomia y no como un signo positivo de progreso, desarrollo y bienestar para las áreas donantes o los migrantes en particular. Pero el método utilizado por quienes sostienen lo contrario está basado en ofrecernos una imagen de las migraciones laborales totalmente alejadas del mundo real.4

La ostensible vinculación del subdesarrollo y la pobreza con determinados tipos de migraciones ha sido cuestionada por algunos autores e instituciones que sostienen que los movimientos migratorios laborales contemporáneos deben verse como manifestaciones del desarrollo y no a la inversa.1

Sin embargo, la evidencia histórica y la extensa información empírica existente demuestran lo contrario; es el subdesarrollo el factor principal que actúa como determinante en la expulsión de fuerza de trabajo desde la periferia del sistema capitalista mundial a sus centros hegemónicos, así como desde los polos internos marginales a los más avanzados de una formación social. Por tanto, las migraciones masivas, los sistemas migratorios históricamente establecidos, como el de México o el de Centroamérica hacia los Estados Unidos, son un símbolo inequívoco del subdesarrollo de nuestra región. Tampoco tales migraciones se producen por la búsqueda o por el disfrute del bienestar como sostiene la OIM2, siguiendo las ideas de Amartya Sen.Si bien es cierto que la búsqueda de mejores condiciones de vida está presente en el acto migratorio, la urgencia por satisfacer necesidades básicas, e indispensables para subsistir, es la meta más acuciante y la causa principalmente de la inmensa mayoría de las migraciones humanas. Un ejemplo que niega ese alegado objetivo de lograr el bienestar como recompensa de la migración es el costo invaluable en capital humano por la pérdida del llamado “bono demográfico” para el país o región emisora y las deplorables con­di­cio­nes individuales de existencia del migrante laboral en el lugar de destino.

 El caso de México es emblemático. El importe de las remesas enviadas por nues­tros migrantes ha llegado a ser más del 3% del PIB, y si le restamos a la economía esos ingresos en divisas, el país entraría en una crisis económica sin paralelo. En el triángulo norte de Centroamérica, des­de donde proceden las caravanas de migrantes que hoy tanto abruman a los guardafronteras de los Estados Unidos, los envíos significan el 18% del PIB de Honduras, el 17% de El Salvador y el 10% de Guatemala. Sería una catástrofe económica colosal para esos países si tales remesas no fueran enviadas por sus conciudadanos migrantes.

El doble rasero existente en el ma­ne­jo de datos es muy común en el dis­cur­so neo­li­be­ral. Y por supuesto, puedo com­pren­der que esta visión sesgada de la rea­li­dad ten­ga se­gui­do­res porque en un am­bien­te in­te­lec­tual en el que la mo­der­ni­dad es fuer­te­men­te criticada por atri­buir­se a la racionalidad, que es su pro­duc­to más ele­va­do, un componente autoritario ina­cep­ta­ble, la revelación de la rea­li­dad, tal co­mo ella es, sin maquillaje, resulta un grave in­con­ve­nien­te.

La situación real, históricamente com­pro­ba­da, nos muestra a las migraciones laborales como un problema crónico de índole histórico-estructural y como una genuina e incuestionable anomia y no como un signo positivo de progreso, desarrollo y bienestar para las áreas donantes o los migrantes en particular. Pero el método utilizado por quienes sostienen lo contrario está basado en ofrecernos una imagen de las migraciones laborales totalmente alejadas del mundo real.4

La fantasía neoliberal

Es cierto que una vez iniciado el proceso de industrialización, como lo pensaba Germani,5 hay movilización social y migración. Pero esta última es imposible si no existe previamente un núcleo poblacional desempleado o subocupado.. ¿Y cuál es la causa de esta situación? No parece muy complicada la respuesta. Uno de los más claros indicadores del desempleo crónico es el rezago económico y su corolario, el subdesarrollo. Esa es la causa de fondo y por lo tanto, la causante mayor de las migraciones laborales en México y en todos los países que forman la periferia del sistema mundial. Pero lo que dicen los neoliberales es que si bien el subdesarrollo es innegable, una vez que comienzan a producirse las migraciones hacia las áreas más favorecidas, la prosperidad comienza a brotar en el polo donante como por arte de magia. No tienen en cuenta que la demanda de trabajo en el polo emisor sobrepasa siempre la oferta del receptor, por ello el flujo de migrantes es creciente. Una expansión productiva en el lugar de destino no garantiza “vaciar” de trabajadores el nicho donante, lo cual es uno de los signos más evidentes del desempleo crónico y del subdesarrollo. Esa es la historia de México y de los vecinos de nuestra frontera sur. Agréguese a esto otros factores de expulsión, como la diferencia en salarios, la persecución política y la búsqueda de seguridad por el imperio del crimen y los desastres naturales y veremos cómo la demanda de trabajo se eleva a niveles que exceden históricamente a la oferta. El imperturbable análisis propio del discurso de la economía neo-clásica, queda rebasado por la realidad; nunca se logra el equilibrio. Los factores histórico-estructurales que han propiciado el subdesarrollo de nuestras economías impiden todo género de equidad en el mercado de trabajo. El paro, el empleo informal y el subempleo es la nota predominante.

Otro factor a tomar en cuenta es que no es posible que haya migraciones si no hay quien esté dispuesto a migrar. El frío cálculo costo-beneficio que podría incentivar y desatar la corriente migratoria en busca de salarios más altos y mejores condiciones laborales no es tan frecuente en Latinoamérica como algunos creen. La pobreza extrema pone en tensión la capacidad de decisión racional, por lo que si bien la mejor opción ha sido buscar las oportunidades de trabajo en otro sitio fuera de su entorno cercano, profundas motivaciones personales y culturales atan a los trabajadores a sus lugares de origen. No todos migran. El lúcido enfoque teórico de la nueva economía de la migración tiene una respuesta plausible a esta innegable realidad.

Los hechos que están a la vista nos per­mi­ten afirmar que las migraciones con propósitos laborales, en toda América Latina, salvo casos muy excepcionales, constituyen un signo innegable del subdesarrollo de la región y no una señal de su posible superación. Verlo de manera dis­tin­ta es una fantasía con fines aviesos que tiene como sustento las creencias de Hayek y de Friedman, según las cuales la riqueza que vaya acumulándose en el vór­ti­ce de la pirámide demográfica se irá de­rra­man­do hacia la base, colmándola de felicidad y de bienestar. Pero como es bien conocido por la enorme y creciente le­gión de los migrantes en todo el mundo, este milagro no ha sucedido hasta hoy.

1 Véase el folleto publicado el presente año por el Banco Mundial titulado “Moving for Prosperity: Global Migration and Labor Markets”.

2 Organización Internacional de la Migración.

3 Amartya Kumar Sen, filósofo y economista indio de etnia bengalí. Premio Nobel de Economía en 1998 por su trabajo en economía del bienestar.

4 Véase por ejemplo el libro titulado Beyond smoke and mirrors, Russell Sage Foundation, New York, 2002, cuyos autores sostienen ¡que la migración de trabajadores debe verse como una parte normal del desarrollo económico de los países del tercer mundo!, (pp 140 y ss)

5 Germani, Gino, Sociología de la Modernización, Buenos Aires, Paidós, 1971, p.125 y ss.

6 Los teóricos fundadores del neoliberalismo.

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