Mujeres migrantes centroamericanas en la frontera sur de México

Martha Luz Rojas Wiesner
Doctora en Ciencia Social por El Colegio de México. Investigadora de tiempo completo en el Área Sociedad y Cultura de El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR)

Mujeres migrantes centroamericanas en la frontera sur de México

Hasta hace sólo unas pocas décadas el estudio de la migración de las mujeres no era un tema de investigación en sí mismo. Había un énfasis en el migrante como sujeto económico y proveedor de recursos al hogar, a quien se identificaba como a un hombre que se desplazaba a otro país en búsqueda de opciones de trabajo. Otras modalidades de movilidad y otro tipo de individuos recibían poca atención. En el caso de las mujeres, se señalaba que su movilidad estaba asociada a la de los varones, a quienes se decía seguían o alcanzaban, por lo que solían ser registradas como acompañantes o familiares. Pero, no se tenía mucha idea del volumen ni de la proporción de ellas respecto al total de migrantes internacionales. La desagregación de las estadísticas censales que realizó la División de Población y Asuntos Económicos de Naciones Unidas desde la década de 2000 nos permitió identificar que, al menos entre 1990 y 2017, en promedio, cerca de 50% del volumen acumulado de migrantes internacionales (stock) en el mundo1 estaba constituido por mujeres. Estas cifras revelaron que en los procesos migratorios hay una participación significativa de éstas y que su presencia es un producto histórico, independientemente de las razones de su migración. Además de estos volúmenes acumulados, cada año, las personas del sexo femenino cruzan fronteras internacionales en forma temporal o cotidiana.

Cada año no sólo se produce un incremento en el número de hombres que nacieron en un país y viven en otro, también sucede lo mismo en el caso de las mujeres migrantes internacionales. Este reconocimiento contribuye a hacer visible la presencia de ellas, así como las razones de su migración, ya sea que se produzca por mantener la unidad familiar, por motivos laborales o económicos, por estudio, por la búsqueda de refugio o protección, o por una combinación de factores. Muchas de estas mujeres suelen pasar desapercibidas porque lo que hacen no se les reconoce en términos económicos, a pesar de su papel en la reproducción social del grupo familiar y de sus efectos en el mundo productivo. Otras porque ellas mismas no quieren o no pueden hacerse visibles. Pero de manera creciente, muchas han cobrado presencia como migrantes autónomas que buscan insertarse en mercados laborales con el fin de mejorar sus condiciones de vida. En el caso específico de la migración de centroamericanas, podemos decir que participan en la migración internacional por la frontera sur de México, en al menos dos modalidades: 1) como migrantes que van rumbo a los Estados Unidos o hacia otros destinos en México, o 2) como migrantes que llegan a localidades fronterizas ya sea para establecerse, o bien para estar de manera temporal (como acompañantes o trabajadoras), o para trabajar diariamente. Esta última movilidad se produce desde localidades fronterizas guatemaltecas, en específico desde algunos municipios colindantes con Chiapas. La experiencia migratoria de muchas de ellas puede combinar varias de estas modalidades, en una región en la que, además, hay confluencia de otras movilidades, como la emigración de mexicanas a otras entidades y a Estados Unidos, así como migración interna en cada entidad fronteriza.

Por su colindancia, hay una inmigración así como una movilidad transfronteriza entre Guatemala y México de carácter histórico, en particular para el trabajo agrícola en varios municipios de Chiapas. También se puede hablar de una tradición en la afluencia de trabajadoras del hogar de origen guatemalteco que bus- actualidad 17 can emplearse en algunos municipios del Soconusco y de la región Sierra Mariscal. Igualmente, se podría hablar de una tradición en la movilidad cotidiana de mujeres que se dedican al comercio. Una parte de la población residente en México llegó en la década de 1980 en búsqueda de refugio y otra se ha establecido paulatinamente por distintas razones. Si bien en la frontera sur se ha registrado migración de paso hacia los Estados Unidos, es desde hace dos décadas que cobra notoriedad. A partir de las estadísticas de detenciones por autoridades migratorias, se señalaba que la mayor proporción de quienes buscaban llegar al vecino país del norte era de Guatemala, después de El Salvador y Honduras. Actualmente, con esas mismas estadísticas, se evidencia que Honduras fue cobrando un papel significativo como principal país emisor. Las causas de esa migración se han ido complejizando, pues convergen varios factores para motivar la salida hacia otros lugares con mejores alternativas o, al menos, donde haya la posibilidad de vivir sin la amenaza de la violencia y la inseguridad cotidiana que aqueja de manera intensa a algunos países de la región, o bien que ofrezcan la posibilidad de un trabajo, aunque éste sea precario. La pobreza, el desempleo, la inseguridad y las altas tasas de homicidios, así como de feminicidios, entre otros, son algunos de los factores que han forzado la emigración. La situación se ve agravada por los desastres que han ocasionado fenómenos naturales, a lo que se agrega la afectación de los cultivos por plagas y enfermedades (roya). En casi todas la región se ha producido un estancamiento económico con pocas expectativas de cambio en los próximos años. La llegada de migrantes del norte centroamericano, en especial de Honduras, a la frontera sur de México, registrada recientemente, es la expresión de una huida contenida. En los tres últimos lustros, la violencia en los países de origen, pero también en el tránsito hacia el norte, en un contexto de contención migratoria en México, forzaron una migración que buscaba rutas alternativas y otras estrategias para disminuir los riesgos y poder 18 actualidad avanzar. En especial en los últimos años, el paso por México tuvo que modificarse, la permanencia en este país se prolongó. Las mujeres tuvieron que hacer su paso más lento y buscar alianzas para no viajar solas.

También ha cambiado el perfil de las personas migrantes. Aumentó el número de familias emigrando como grupo, el de mujeres y el de niños y niñas, con y sin acompañamiento. En las últimas dos décadas, son muchas las historias de mujeres que hemos podido escuchar, que de modo fundamental huyen de situaciones difíciles, en las que confluyen varios factores. Pero llegar a México no necesariamente les mejora su situación. Uno de los mayores retos es contrarrestar la xenofobia, las distintas formas de discriminación y la exclusión. Daniela2 , por ejemplo, es uno de los casos de emigración forzada por violencia, quien llegó a una localidad mexicana en la que se siente tranquila, pero donde ha sido discriminada. Su historia, como las de otras centroamericanas, muestra que México fue una opción para vivir después de intentarlo en su propio país. Daniela nació en ciudad de Guatemala en 1986. Hasta los 15 años, ella y su familia vivieron en esa capital. Allí su abuelo paterno era propietario de una finca, en donde vivía con sus siete hijos y sus nietos. Ella era una de las nietas. Pero un día se quedaron sin esa casa y la familia se dispersó. Según su relato, el gobierno le quitó la finca al abuelo. Los padres de Daniela decidieron irse con sus tres hijos a vivir a El Progreso, uno de los departamentos del nororiente de Guatemala. Allí estuvieron unos años, hasta que se vieron forzados a salir. La vida de la familia dio un giro cuando el padre falleció. Daniela tenía 18 años en ese momento. Un par de años después, las pandillas las comenzaron a asediar: “al ver que éramos tres mujeres solas empezaron a fastidiarnos horrible”. Entonces, no tuvieron más alternativa que irse a Izabal, otro departamento de la misma región en límites con 2 Entrevistada como parte del subproyecto, Procesos de “otredad” y vulnerabilidad en experiencias de mujeres migrantes de Guatemala en México, coordinado por la autora, en el marco del Proyecto, “Miradas sobre la vulnerabilidad en el sureste de México” (2015-2018) de El Colegio de la Frontera Sur. Honduras, de donde era la familia de su mamá. Su hermano, sin embargo, decidió mejor salir a buscar un lugar más seguro para llevar a vivir a su mamá y a sus hermanas. Pero, en Izabal tampoco pudieron establecerse, pues según Daniela, “allá estaba peor la delincuencia” e intentaron nuevamente abusar de ella y de su hermana. Cuando entrevisté a Daniela, en enero de 2017, tenía nueve años de residir en una localidad de la región Sierra Mariscal de Chiapas. Vivía en una casa en renta con su mamá, su cuñado, su hermana, su sobrina y su hija. Las dos niñas, apenas de tres años, nacieron en México. Habían vivido en seis casas diferentes. Su primer empleo, después de un año de estar buscando, fue como trabajadora del hogar (con jornada de 15 horas); después, como ayudante en una oficina (9 horas) y, al momento de la entrevista, como vendedora en un almacén (9 horas) En los dos primeros, ganaba 700 pesos quincenales y en el último 1,100 pesos quincenales. Ella y su familia han sentido la discriminación y la exclusión al rentar casa, en el trabajo, al solicitar servicios de salud, en el registro civil y en varios espacios cotidianos. En una de las casas, les quitaban la luz, no dejaban que les llegara agua, o les dañaban las tuberías. La vecina arrojaba la basura a su patio. En muchas ocasiones les han dicho que son ladrones. Les negaron el servicio médico para la mamá. Durante su embarazo y para que le atendieran la cesárea tuvo que decir que era sobrina de una señora de México, familiar de quien fuera su pareja. En la vida cotidiana, los vecinos le peguntan si es de Honduras y si le gusta “quitar maridos como todas esas”. Después de nueve años en México, Daniela aún no tenía documentos migratorios. No sabía que debía hacer el trámite. Acudió a una organización civil, pero no tenía cómo pagar. A pesar de esas dificultades, Daniela no piensa regresar a Guatemala. Ella considera que, “de alguna manera”, donde vive es más tranquilo. Además, para ella una forma de estar en paz es mantenerse al margen, estar apartada, pasar desapercibida como muchas otras mujeres migrantes lo hacen (ver Rojas y de Vargas, 2014). No quiere volver a sentir miedo, por la violencia: “Ya no le tengo confianza a mi país, es mi país pero no […] Ya vi muchas cosas en mi país que no quisiera que, ahora, siendo mamá, que mi hija pasara o viviera; y no, yo no regreso”. La historia de Daniela, como la de muchas mujeres de Centroamérica, revelan las dificultades y el miedo que tendrían para volver atrás. Sin embargo, en México siente la exclusión. Estudió bachillerato técnico y fue alfabetizadora de adultos, pero piensa que aquí no puede aspirar a tener un mejor ingreso. Al buscar trabajo le ofrecen muy poco sueldo y en muchos casos como empleada del hogar. Otras historias de mujeres son mucho más dramáticas. No sólo han sido amenazadas o son testigos, también son víctimas directas de alguna forma de violencia, tanto en el origen como en su recorrido hacia algún destino, y en el lugar al que llegan. Conocer y documentar estas historias es sólo un paso para avanzar hacia formas de inclusión/integración de personas migrantes en nuestro país, con especial énfasis en las mujeres y sus familias.

Referencias:

United Nations (2017), International migrant stock: The 2017 revision. Disponible en http:// www.un.org/en/development/desa/population/ migration/data/estimates2/estimates17.shtml Rojas Wiesner, Martha Luz y María de Vargas (2014), “Strategic Invisibility as Everyday Politics for a Life with Dignity: Guatemalan Women Migrants’ Experiences of Insecurity at Mexico’s Southern Border”, en Thanh-Dam Truong, Des Gasper, Jeff Handmaker, Sylvia I. Bergh (eds.) Migration, Gender and Social Justice Perspectives on Human Insecurity, Berlin: Springer, pp. 193-211.

Migración y subdesarrollo: la evidencia empírica y la fantasía neoliberal
Políticas migratorias contrastadas: muros vs. derechos humanos
Políticas migratorias contrastadas: muros vs. derechos humanos
Los derechos humanos como administración del sufrimiento: el caso del derecho al asilo
Mujeres migrantes centroamericanas en la frontera sur de México