Nuevas formas de migrar: las caravanas que avanzan

Leticia Calderón Chelius
Doctora en Ciencias Sociales por la flacso-México, profesora investigadora en el Instituto de Investigaciones José María Luis Mora. Fundadora y coordinadora de la red de migrantólogos, migrantologos.mx

Nuevas formas de migrar: las caravanas que avanzan

Entre noviembre y diciembre de 2018 se registró una nueva modalidad de migración. Se trataba de una convocatoria masiva a través de las redes sociales como Facebook, Twitter y sobre todo WhatsApp, para que quien lo deseara se uniera al grupo que partiría desde Honduras, donde se sumarían nacionales de ese país y de otros tantos para caminar hacia Estados Unidos, atravesando varias rutas de la región centroamericana. El mayor reto, sin embargo, era seguir el largo camino del territorio mexicano de punta a punta, de frontera a frontera. Después cruzar a la potencia del norte, pedir asilo para permanecer ahí y nunca más volver a la pobreza e inseguridad de los lugares de origen.

La idea de moverse en grupo, caminando, desafiando la geografía y sobre todo los controles migratorios de varios países no tiene precedente en la historia de la migración desde Centroamérica. Hubo algunas experiencias, pero a la luz del tiempo, tal parece que fueron una especie de ensayo que no tuvo ni la visibilidad ni la sorpresa de la caravana de finales del año pasado.

Lo novedoso de la que se autodenominó “caravana migrante 2018” fue el hecho de que aun cuando la migración centroamericana se ha dado de manera continua y masiva desde hace por lo menos 20 años —se calcula que cruzan por México rumbo a Estados Unidos casi 400 mil personas procedentes principalmente del Triángulo del Norte: Guatemala, El Salvador y Honduras—, en esta ocasión la movilización buscó ser lo más visible posible. Esto es lo que caracteriza a este nueva forma de migración. Al contrario de estar en la clandestinidad, que define a la condición de indocumentados; de mantener un bajo perfil y tratar de ser casi imperceptibles o invisibles, en esta marcha miles de personas lo que buscaban era mostrarse, ser vistos, exaltar su propia presencia que abrumó a la opinión pública por su número, cifra que parecía multiplicarse al caminar como una unidad, y permanecer unidos en las paradas señaladas.

La decisión de pasar de la invisibilidad a la visibilidad no es un tema menor, es tal vez uno de los cambios más significativos en términos de paradigma migratorio. Fue ir de una migración que se apenaba y casi se disculpaba por tener que atravesar un país sin documentos, a ser una marabunta demandante, re­sis­ten­te, desafiante. Si la clandestinidad an­te­rior provocaba una situación de extrema vulnerabilidad, pues muchas de las personas al cruzar por México fueron víctimas de extorsionadores, asaltantes, violadores, secuestradores y asesinos, la idea de marchar en grupo bus­ca­ba lo contrario, la seguridad que puede dar el ser visible ante los ojos de miles que siguieron su travesía en sus distintos pasajes y momentos de incertidumbre.

Los medios de comunicación fueron, tal vez de modo involuntario, enormemente útiles en la estrategia de visibilizar al conjunto. Hubo tal cantidad de éstos de todo el mundo siguiendo el evento que lo proyectaron aún más por el planeta. Uno de los momentos más seguidos fue el cruce masivo y por instantes descontrolado de Guatemala a México, que estuvo a punto de volverse una trifulca internacional o una masacre, en ca­so de que hubiera habido violencia extrema. Las caminatas de grupos de familiares con mu­je­res, jóvenes, niños, niñas y bebés fueron la parte más enternecedora de un éxodo casi bíblico. También hubo testimonios de gran importancia, pues quie­nes formaron la caravana se volvieron rostros, historias, motivaciones muy concretas para explicar el porqué la gente se aventuró a seguir la convocatoria que les llegó de celular en celular.

La intriga internacional

Algunos de los elementos que alimentaron esta odisea se dieron en varias pistas políticas que van más allá de la caravana misma. Por un lado, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, utilizó políticamente esta marcha como un argumento para generar tensión en su demanda de obtener recursos millonarios para un muro en la frontera de su país con México. El tema sirvió para posicionar su discurso, según el cual la mi­gra­ción indocumentada es la base de todos los males que afectan a su sociedad. Sin embargo, pese al tono exaltado con el cual se anunciaba el avance del grupo por te­rri­to­rio mexicano, que la prensa es­ta­dou­ni­den­se reportaba paso a paso, y las negativas reacciones del presidente norteamericano, quien lo catalogó como una inminente invasión, las elecciones in­ter­me­dias en Estados Unidos (8 de noviembre) le arrebataron a los republicanos (el partido de Trump) la mayoría en el Congreso, con lo que el uso político de la caravana no resultó un dividendo positivo, salvo para la base que permitió mantener el control del Senado.

En el lado mexicano la situación fue más bien confusa porque el colectivo avanzó en el país cuando el presidente era aún Enrique Peña Nieto (pri), pero Andrés Manuel López Obrador (morena) ya había ganado la elección de ju­lio de 2018. Se trataba por tanto de un periodo de transición muy complejo por las características del sistema político mexicano, por el tema de quién había perdido el poder, pero sobre todo quién lo tendría en breve. Se trataba de un momento en el que, en el plano de responsabilidades y logística, había dos gobiernos y al mismo tiempo ninguno. En términos de planeación estratégica y geo­po­lí­ti­ca, podríamos decir que la caravana escogió el peor de los periodos para atravesar por México.

Esto explica de alguna manera que la caminata a lo largo del territorio na­cio­nal tuvo altas y bajas. Al cruzar la fron­te­ra, los miles de migrantes que prác­ti­ca­men­te irrumpieron en la aduana, re­ci­bie­ron, por un lado, un saludo del presidente Peña Nie­to, quien incluso les ofreció visas pa­ra permanecer en el país mientras no fue­ran más allá de Oaxaca; pero por otro lado, algunos recibieron incluso gases lacrimógenos de parte de la policía mexicana. Unos eran trasladados a albergues montados por la autoridad, otros de­te­ni­dos para ser deportados. Frente a esta am­bi­güe­dad, el entonces virtual presidente López Obrador anunció un cambio en la política migratoria y la facilidad para que la gente viniera a México y no continuara su paso hacia la frontera norte; es­to, cuando asumiera cabalmente el poder, lo que estaba a días de ocurrir.

En los puntos de reunión y descanso de los migrantes se expresó una di­ver­si­dad de opiniones, dificultades y com­pro­mi­sos hacia ellos. Por un lado, en la fron­tera sur de Chiapas, pasado el trago amargo del cruce violento, hubo actos de solidaridad de la población civil que ofre­ció ayuda, comida y artículos de primera necesidad a quienes se instalaron en par­ques, jardines, escuelas o albergues más o menos improvisados.

Al continuar hacia rutas como Oaxaca y Veracruz, tanto la so­cie­dad como los gobiernos locales apo­ya­ron la avanzada; fueron centrales los alojamientos de la red de religiosos que atienden este tema y los apoyos con­se­gui­dos a través de sus voceros y re­pre­sen­tan­tes.

Hubo incidentes, sin embargo, que muestran el momento político de la transición de poderes en México. Al llegar a Veracruz, el gobernador Miguel Ángel Yunes ofreció autobuses para trasladar a los  migrantes hasta la Ciudad de México, donde se reuniría el contingente que se había separado un tanto. Luego de un par de días de tensión y jaloneos verbales, la autoridad desconoció su acuerdo y no brindó la ayuda. La estrategia parecía más un intento de postergar la avanzada, que finalmente siguió su rumbo por Puebla para llegar a la capital mexicana.

La llegada a esta metrópoli fue un al­to en el camino importante porque el contingente sumó su número más ele­va­do: casi 7 mil personas. El gobierno local, también a punto de concluir funciones luego de las elecciones en las que morena obtuvo la mayoría, implementó formalmente el dispositivo de albergue. No obstante, quien asumió la coordinación fue la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, órgano autónomo que no tenía ni la presión ni el golpeteo del gobierno saliente y el entrante.

Se instalaron carpas enormes en La Magdalena Mixhuca, servicios, actividades y apoyos con espacios para descansar y permanecer varios días, comida, asistencia en salud y limpieza personal, donaciones, información de trámites de visado en México y en Estados Unidos, tareas lúdicas, etc.

Aunque tuvo grandes aciertos, en el albergue en la cdmx hubo descontrol en la prestación de los servicios, sobre todo en el acceso al mismo, lo que provocó pre­sen­cia de los medios de comunicación en los dormitorios y el arribo de espectadores.

La estancia en esta Ciudad fue de un par de semanas, pero por las dimensiones de la capital la población migrante no fue notoria ni alteró la vida de la urbe.

Al retomar la caminata rumbo al nor­te, la situación se tornó más complicada, ya que la gente decidió ir rumbo a Querétaro por las autopistas, buscando ayuda en el camino. Esto dificultó los auxilios espontáneos y el paso de los más vulnerables: madres con hijos pequeños, y en general mujeres y niños. Ya en este estado, el gobierno local acaparó el funcionamiento de los apoyos a los migrantes, a fin de acelerar su tránsito.

Al llegar a Guadalajara, Jalisco, los áni­mos subieron de tono y hubo mo­men­tos de tensión. La caravana reunía a casi 7 mil integrantes que al avanzar más o me­nos juntos, generaron condiciones que de­sa­fia­ban cualquier organización. El go­bier­no del lugar hizo lo propio para que la estancia fuera lo más rápida posible. Lo mismo ocurrió, con sus matices, en los siguientes estados del norte rumbo a Tijuana.

Cerquita del otro lado

Vale la pena aclarar que las respuestas, reac­cio­nes más o menos solidarias y po­cas veces xenófobas sobre la caravana 2018, a lo largo de la ruta nacional, se ex­pli­can en parte por la difusión que hi­cie­ron los medios sobre el tema, la amplia experiencia de algunas comunidades con migraciones en tránsito, pero además y sobre todo, por­que en ningún caso el con­tin­gen­te se ins­ta­ló en alguna comunidad por demasiado tiempo, salvo en la Ciudad de México.

Al llegar a Tijuana se dieron los pri­me­ros altercados de repudio a los ca­mi­nan­tes. Hay varias explicaciones al respecto. Un grupo específico trató de ge­ne­rar un movimiento en contra de los recién lle­ga­dos. Además, al no haber un espacio que pudiera albergar a la totalidad de mi­gran­tes, desde el interior del colectivo hubo molestia por no poder permanecer como grupo compacto, como lo habían hecho durante casi un mes de caminata. Además, la desesperación de muchos por llegar finalmente a lo que con­si­de­ra­ban como su destino, Estados Unidos, y no poder cruzar, provocó incertidumbre y malestar. Parecía tan cerca Estados Uni­dos, pero la realidad es que el trámite mi­gra­to­rio es un proceso que lleva largo tiempo.

En Tijuana se observó una diferencia. El cruce de la caravana a lo largo del país tuvo sus altas y bajas, y el grupo iba de paso, pero al arribar a la ciudad norteña el grupo requería instalarse por varios me­ses, si es que se conseguía que la au­to­ri­dad estadounidense revisara sus casos. Adicionalmente, en dicho lugar se concentra el mayor número de migrantes, ya que éstos decidieron no dis­per­sar­se por otros puntos fronterizos, aunque después empezaron a moverse hacia otras puertas de entrada a Estados Unidos, como Mexicali, Ciudad Juárez, Coahuila y Tamaulipas.

Primeras conclusiones

Ante la pregunta de si estas caravanas constituyen un punto de inflexión de la forma de transitar desde el sur de la frontera mexicana hacia el norte podemos decir que es prematuro afirmar algo contundente, pero la lección es que la pe­li­gro­si­dad que entraña para los migrantes la invisibilidad es un riesgo demasiado grande, razón por la cual resulta más atrac­tivo moverse en grupo.

A esto se suma que el nuevo gobierno mexicano modificó la política mi­gra­to­ria y la narrativa acerca de que en Mé­xi­co priva la violencia, criminalidad y vio­la­ción a los derechos humanos —lo cual explica por qué a inicios de 2019 se organizó una nueva caravana—, y el otorgamiento de visas humanitarias para quienes transitan por el país, práctica que no se instauró co­mo política sino co­mo un programa emergente que concluyó a los pocos días.

Del mismo modo, Trump anunció la re­duc­ción del número de personas que pue­dan hacer su trámite de visado en ese país, con lo que la espera puede ser ago­ta­do­ra, y probablemente, sin esperanza al­gu­na.

Podemos decir que el tránsito de mi­gran­tes en caravana, como estrategia, pue­de ser una vía de movilidad no­ve­do­sa. Em­pero, en la medida en que se difunda el grado de dificultad para cruzar a Es­ta­dos Uni­dos, y eventualmente resolver un trá­mi­te de asilo (que puede tomar años), se puede inhibir el intento, y por el contrario, puede favorecer la decisión de permanecer en México como país de refugio. El desafío está aquí, a la vuelta de la esquina. 

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