Tiempos de cambio

Tiempos de cambio

Judit Bokser Misses-Liwerant

Directora-Editora de la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales (RMCPYS). Doctora en Ciencia Política por la UNAM. Miembro del SNI y de la Academia Mexicana de Ciencias. Distinguished Visiting Professor de la Universidad Hebrea de Jerusalem.

Reflexionar acerca de un acontecimiento en el que la circunstancia nacional devino en una nueva constitución de lo regional y lo global nos lleva a repensar las fronteras entre Estados y su actual porosidad. El desarrollo histórico conjugó, en este evento, diversos espacios, tiempos y duraciones. El largo proceso de división de Alemania iniciado en 1945 llegaría a su culminación el 13 de agosto de 1961, año de la construcción del Muro. Esta edificación no puede ser entendida sin las dos divisiones y diferenciaciones que sucedieron previamente: la división económica en 1947 y el plan Marshall; y en 1949, la constitución de la República Federal Alemana. Estos dos momentos respondieron a aires provenientes de Occidente y el último, la división física, sería emprendida desde la zona oriental. Así, aunque en1961 se pusieron los ladrillos, el Muro había comenzado a construirse hacía años.

Fue producto, incorporó y redefinió, a su vez, la propia historia de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. El Muro simbolizó, reflejó y moldeó la división entre dos mundos, perfilando el doble momento de liberación y de consolidación de la fragmentación, arropada por la Guerra Fría. Los riesgos de una Alemania unificada fueron evaluados por cada potencia ocupante.

Alemania se había convertido en frontera de dos sistemas socioeconómicos enfrentados e irreconciliables: el capitalismo y el socialismo/comunismo. De dos ordenamientos políticos también. Berlín se convirtió en uno de los epicentros de aquel conflicto, uno de los puntos álgidos de la Guerra Fría. En esta constelación, el Muro fue ícono y símbolo de la frontera entre mundos. Su caída representó su transformación —con continuidades y rupturas—, esperanzas y desencantos.

La marcha de la historia se arropa, no pocas veces, de paradojas.

El 9 de noviembre de 1989, el mundo celebró jubiloso el fin histórico —que no cronológico— del siglo xx. Para liberales y demócratas el acontecimiento fue vivido como expresión de la consolidación de las libertades individuales y entendido como el triunfo del liberalismo político y económico sobre el socialismo real. Llegaban, entre otras cosas, el fin de la Guerra Fría, la construcción de una hegemonía democrático-liberal y el afianzamiento del capitalismo, en cuyo marco, muchos llegaron a pensar que las grandes batallas ideológicas serían cosa del pasado. En efecto, contribuyó a de- linear el reordenamiento internacional caracterizado por la unipolaridad, junto a la búsqueda de nuevas formas de multilateralidad; la caída de los regímenes comunistas europeos —la unificación de las Alemanias, el fin de la URSS, el término del Pacto de Varsovia, la desintegración de Yugoslavia, la escisión de Checoslovaquia, entre otros—; la consolidación de la OTAN como fuerza disuasiva y ya no meramente defensiva; la formación de los grandes bloques económicos; la guerra preventiva como uno de los nuevos principios de derecho internacional; el debilitamiento de las soberanías; el terrorismo internacional, en fin, las oportunidades y debilidades que tejen los procesos de globalización. Estos, que no son homogéneos, se desplegaron de una manera diferenciada en tiempo y espacio, con desigualdades territoriales y sectoriales que han conllevado a trans- formaciones cuyo carácter no es unívoco (Bokser Liwerant, 2004).

Por tanto, pensar la Caída del Muro, 30 años después, resulta una tarea imperiosa. ¿Cómo no abordarla, entonces, des- de la siempre compleja interacción entre Pasado y Presente, entre Historia y Memoria? Se piensa diferente desde los diversos presentes.

En un reciente trabajo, Timothy Gar- ton Ash (2019) —el estudioso de Euro- pa Oriental que devino, con el derrumbe del Muro, la Europa Central y sus diversas configuraciones nacionales— analiza las tendencias contradictorias del im- pacto de la caída: de la apertura y la liberación a los reemergentes nacionalismos, las xenofobias y las intolerancias de las derechas y de las izquierdas.

Las miradas y el tenor de la conmemoración cambian en el tiempo. Así, en el décimo aniversario de la caída, se celebró el éxito de las revoluciones de terciopelo y sus subsecuentes logros. En el vigésimo aniversario, en 2009, los países de Europa Central se habían convertido en miembros de la OTAN y de la Unión Europea y los cientistas políticos describían a Hungría en ellos, como una democracia consolidada.

Hoy, a treinta años, en contraste, la pregunta que se exige, con tono de desesperanza, es ¿qué falló? “What went wrong?”

En el nuevo marco, paralelamente al derrumbe de viejas fronteras —tanto territoriales como culturales— y a la apertura de nuevos horizontes de vida que conducen al conocimiento y reconocimiento del Otro, se mantienen murallas que siguen cerrando espacios y deslegitimando la diferencia. A la par de la apertura a la interacción e interdependencia entre las diversas regiones del mundo coexiste la cerrazón que se traduce en un renovado cuestionamiento —cuando no negación— de la alteridad. Al tiempo que las sociedades abiertas han apostado a una cultura de la convivencia —como principio básico de coexistencia con la diversidad—, se han exasperado por igual los sentimientos primordialistas, religiosos y étnicos, las actitudes y manifestaciones antiextranjeras y las expresiones racistas contra inmigrantes, trabajadores extranjeros, exiliados, refugiados… contra los Otros de hoy y de ayer. La discriminación contra los nuevos Otros ha intensificado, a su vez, las expresiones de rechazo a los Otros de siempre.

En los procesos de transición del autoritarismo a modelos democráticos, la configuración de nacionalismos se ha expresado en la búsqueda de nuevos referentes de identidad nacional que no se orientan necesariamente a una concepción ciudadana derivada de la construcción del Estado de derecho sino que se nutren de los componentes étnicos que conllevan una larga historia de antisemitismo (Habermas, 1995) Así, la re- definición del mapeo étnico y nacional da testimonio del doble movimiento de apertura hacia nuevas formas de organización socioeconómicas y políticas y, si- multáneamente, de una explosión de localismo, y conflictos étnicos más o menos xenofóbicos, que han conducido a una posible lectura que lo conecta en línea directa con la explosión de nacionalismo que acompañó el inicio del siglo xx, el cual ha gestado dos grandes explosiones de nacionalismos: la de la primera Guerra Mundial y la que se desarrolla a partir de la caída del Muro y de la disolución política de la URSS. La transformación de grandes grupos culturales previamente dominantes en minorías, en el marco de nuevas unidades nacionales, facilitaron las condiciones para la emergencia de movimientos étniconacionalistas.

Mientras que la desintegración del bloque euro-comunista condujo a la desaparición de la escena internacional de regímenes que fueron una fuente funda- mental de xenofobia y de antisemitismo en las últimas décadas, dicho colapso ha generado nuevas fuentes de tensiones inéditas. En Rusia, por ejemplo, el antisemitismo pasó a constituir un arma política e ideológica de la oposición comunista y nacionalista alcanzando visibilidad a la par de los altibajos exhibidos por la actividad de los grupos ultraderechistas.

En Europa y en regiones en las que el prejuicio y la violencia política ocuparon un lugar importante, el antisemitismo se convirtió en la linguae franca manifiesta o latente de sectores y plataformas políticas excluyentes, erosionando el tabú al que estaba sometido desde la posguerra.

De allí que, en un complejo y recurrente escenario europeo, entre las paradojas con que se arropa la historia, se proyecta otro 9 de noviembre, el de 1938.

Entonces, en la misma fecha de la caída del Muro, un acontecimiento diferente tuvo lugar: la Kristallnacht, la “noche de los cristales rotos”, el primer pogrom de la Alemania nazi y, para no pocos investigadores, el inicio del Holocausto (Katz, 1982; Bauer, 1989). Los cerca de 100 judíos asesinados, los miles de heridos, las más de 1000 sinagogas quemadas, las decenas de cementerios y escuelas vandalizadas, y los 30 000 judíos arrestados y enviados a campos de concentración, levantaron un muro que se construyó sobre cimientos históricos y, a diferencia del de cemento, no ha podido ser derribado de una vez y para siempre.

Mientras que noviembre de 1989 simboliza el fin del Estado totalitario como organización del poder político y la in- tolerancia, noviembre de 1938 sigue pesando groseramente en la teoría y en la praxis; en una singular permanencia histórica en la que tienen lugar recurrencias y cambios, continuidades y rupturas.

Nuestro siglo xxi enfrenta el desafío y se debate en tono a la posibilidad de revertir las tendencias no previstas de los grandes cambios, de orientar nuevas for- mas de convivencia social y reivindicar la capacidad de la política para construir escenarios promisorios. Las perspectivas oscilan de un modo complejo entre el énfasis puesto en el debilitamiento de la política, originada en variadas pérdidas de credibilidad, de representatividad y de participación ciudadana, o bien en la acentuación de su vigorización, derivada del interés renovado en la reconstitución del espacio político, sus nuevas formas y actores. El debilitamiento de la política encuentra hoy expresión de manera contundente en la preocupación por los des- tinos de la democracia. Enunciada ya sea como su desencanto, deconsolidación, regresión, desdemocratización o como muerte de la democracia liberal, acentúa carencias diversas y dimensiones complementarias (Bokser Liwerant, 2017).

Herencias del mundo post-Muro, libe- ralismo y democracia se implican mutua- mente en sus amplios requerimientos; si- multáneamente asistimos al desarrollo de bifurcaciones que generan democracias iliberales o un liberalismo no democrático (Mounk, 2018). La reciente literatura al respecto confirma las preocupaciones en torno al estrechamiento de los alances del ordenamiento político (Harari, 2018; Nussbaum, 2018; Runciman, 2018; Sny- der, 2017; Mounk, 2018).

Así, vemos un escenario mundial en el que las expectativas de una ampliación de regímenes democráticos —alentadas precisamente por la tercera ola democrática y el colapso del comunismo— resultaron infundadas. Como bien señalan Levitsky y Way (2015), después de los eventos extraordinarios de 1989-1991, muchos observadores simplemente asumieron que la ola de avance democrático de las décadas de 1980 y 1990 continua- ría. Enfrentamos una realidad distinta.

Entonces, se exige pensar desde hoy nuestro ayer, sabiendo las diferencias entre historia y memoria. Con la caída del Muro de Berlín y la consolidación de los procesos de globalización, el interés por el presente deviene una perspectiva de análisis que involucra a la historia como proceso y conocimiento, que nos permite volver a ubicar a nuestro presente en la línea del tiempo histórico pasado, presente y futuro y sus conexiones (Fazio Vengoa, 1998). Como resultado de un “acontecimiento monstruo” —la caída del Muro— inauguramos un “tiempo mundial”, como le llama Zaki Laidi, entendido como la convergencia de las tendencias globalizadoras con la pérdida de los referentes del mundo de la Guerra Fría. Como acontecimiento que separa el antes del después, encierra escenarios de profundos cambios y de tendencias o procesos de larga duración, que, en sus aspectos más generales, definen la dinámica del mundo actual.

El 9 de noviembre de 1989 es una fecha clave porque, como ha afirmado Paul Ricœur, la acumulación de hechos y situaciones precipitaron el tiempo y definieron el tiempo presente. Un antes y un después, en los que la Modernidad buscó afirmarse en su permanente oscilación entre los proyectos contradictorios que la fundaron: la Ilustración Racionalista y el Historicismo Romántico. El colapso del Muro contribuyó a delinear el reordenamiento internacional, su significado, sus esperanzas y desencantos, paradojas y contradicciones, lo buscado y lo inesperado. Nos plantea, ciertamente, nuevas miradas, renovadas interrogantes.

Referencias bibliográficas

Bauer, Yehuda (1989), “The Place of Holocaust in Contemporary History”, en John Roth and Michael Berenbaum (edito- res), Holocaust. Religious and Philosophical Implications, New York, Paragon House. Bokser Liwerant, Judit (2004), “La cuestión judía hoy: del ¿socialismo de los tontos? a la recurrencia del prejuicio”, en Metapolítica, septiembre 2004: 212-219. Bokser Misses-Liwerant, Judit (2017), “Amé- rica Latina en el siglo xxi: transiciones, malestares y retos”, en Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, 62 (229): 7-16. Center for Research on Anti-Semitism. “Manifestations of Antisemitism in the European Union” (ZFA) at Berlin Technical University’s. Disponible en http:// eumc.eu.int/eumc/F T.htm

Fazzio Vengoa. Hugo (1998), “La historia del tiempo presente: una historia en construcción, en Historia Crítica, Núm. 17, julio-diciembre, 1998, Universidad de Los Andes, Bogotá, Colombia: 47-57. Garton Ash, Timothy (2019), Time for a New Liberation? en The New York Review of Books. https://www.nybooks.com/arti- cles/2019/10/24/time-for-new-liberation/ Habermas, Jürgen (1995), “Citizenship and national identity: Some reflections on the future of Europe”, en Ronald Beiner (ed), Theorizing Citizenship. New York: State University.

Harari, Yuval (2018), 21 Lessons for the st 21 Century.NuevaYork:Spiegel&Grau. Katz, Jacob (1982), From Prejudice to Des- truction. Anti-Semitism 1700-1933, Cam- bridge, Harvard University Press. Levitsky, Steven y Lucan Way (2015), “The myth of democratic recession”, en Journal of Democracy, 26 (1): 45-58. Mounk, Yascha (2018), The People vs. Demo- cracy. Cambridge: Harvard University Press. Nussbaum, Martha (2018), The Monarchy of Fear: A Philosopher Looks at Our Political Crisis. Nueva York: Simon; Schuster. Runciman, David (2018), How Democracy Ends. Nueva York: Basic Books.

Snyder, Timothy (2017), On Tyranny: Twenty Lessons from the Twentieth Cen- tury. Nueva York: Tim Duggan Books.