Consideraciones sobre discriminación, intolerancia y exclusión

Raquel Sosa , investigadora del CELA argumenta sobre el papel de la Sociología en los fenómenos de exclusión. Ilustración: Ángela Alemán

[dropcap]H[/dropcap]ace ya muchos años que la Sociología ha buscado comprender las causas y consecuencias de las distintas formas de exclusión social: desde la pobreza y la desigualdad, hasta las formas más extremas de intolerancia, racismo, discriminación y exclusión. En particular, durante los últimos años se han hecho esfuerzos significativos para identificar con claridad  las dimensiones, procesos y formas de articulación que adquieren estos fenómenos sociales, así como las diversas concepciones y prácticas de la justicia y la injusticia que los alimentan o con los cuales se pretende erradicarlos. Enfrentar toda forma de discriminación, intolerancia o exclusión se ha convertido en el mayor reto económico, social, político y cultural de nuestra era. Entendemos, así, que la exclusión tiene muchas caras, pero fundamentalmente dos extremos: la pobreza, la violencia, la discriminación, la intolerancia, el desprecio de unos seres humanos por otros; mas también, la ambición, abuso, despojo, concentración de riquezas y recursos en unas cuantas manos, la asociación entre gobiernos y corporaciones que benefician sus propios intereses,  así como los riesgos y desastres provocados por la indiferencia de los poderosos hacia la sustentabilidad de la vida en el planeta.

En la academia, como en muchos otros espacios públicos y privados, el afán de competencia y las exigencias del mercado han ido poco a poco convirtiendo a parte significativa de sus integrantes en personas para quienes el cumplimiento de controles, metas, estándares de productividad y parámetros de excelencia son un camino legítimo y necesario para obtener reconocimientos y triunfos individuales. Lamentablemente, en cambio, suele perderse de vista el papel que debe tener el conocimiento como servicio a la sociedad y como medio de incidencia en los problemas más agudos que en ella se plantean. Poco espacio ha quedado, pues, para la solidaridad, la comunicación y el encuentro con quienes padecen situaciones extremas de discriminación, intolerancia y exclusión.

Esta es, paradójicamente, la razón por la cual la Sociología se encuentra en un puesto de observación e intervención de la mayor significación: el que nos permita comprender y valorar en cada contexto, la presencia organizada de sujetos, relaciones, necesidades y demandas de las comunidades, así como su respuesta ante los desafíos que se presentan a su supervivencia, sobre todo ante desastres, violencia, guerras, migraciones, desplazamiento forzosos y carencias extremas.

Es desde esta perspectiva que pueden analizarse en la actualidad los fenómenos de exclusión que se han agudizado en diversas situaciones del mundo y, desde luego, en nuestro país, en las últimas décadas. Y el primer aprendizaje que debemos recoger es, precisamente, la insuficiencia de la información estadística y las limitaciones de un abordaje exclusivamente conceptual. En todos los casos, el conocimiento se refiere y trata con seres humanos complejos, multidimensionales, en movimiento, dueños de su voluntad y capaces de tomar decisiones sobre su vida, aún en las condiciones más difíciles.

La tarea de la Sociología y de las ciencias sociales y las humanidades radica en escudriñar, en el fondo de todo comportamiento individual y colectivo, los motivos, las estrategias, las dificultades que enfrentan y la relación con otros sujetos. La empatía y la ética deben presidir los estudios de cada entramado social, cuyo desentrañamiento es fundamental para contribuir a resolver desde su raíz las formas y el fondo de la opresión e injusticia a la que se ha sometido a millones de seres humanos, en beneficio de otros.

[pullquote-right] “[…]no toda diferencia es irreconciliable… no toda desigualdad es producto de la derrota de los débiles sobre los poderosos” [/pullquote-right] Es desde ese horizonte de visibilidad que nos será posible, también, reconocer que no toda diferencia es irreconciliable, y que no toda desigualdad es producto de la derrota de los débiles sobre los poderosos. Un tramo significativo de la intolerancia es debido a la ignorancia respecto de la historia, de la identidad cultural, de la profundidad de las expresiones de prejuicios individuales y colectivas, preferencias, necesidades, aspiraciones, temores de unos sobre otros u otras. Indudablemente, un tramo más abarcador se compone de despojos, de abusos, de ocupación ilegal e ilegítima de territorios, de actos de rapiña y conquista y, en fin, de sumisión de unos seres humanos a las condiciones y poder que otros imponen.

Un punto de partida indispensable es, pues, la consideración de que las diferencias sólo se convierten en amenazantes cuando implican esto último: abuso, despojo, expolio, atropello contra cualquier ser humano, así como sobre el territorio en que conviven, habitan y donde se realizan durante su existencia, y que es indispensable para garantizar la supervivencia y el bienestar general.

No confundir unos con otros es absolutamente indispensable sobre todo en circunstancias como las heredadas, en que presuntos universalismos se han impuesto durante siglos para obviar, menospreciar e incluso intentar exterminar cualquier expresión de identidad y de derecho humano, sea individual o colectiva. La homogeneización forzosa, su historia y las consecuencias de su práctica, forman parte señalada de las experiencias de oprobio que ha vivido la humanidad a lo largo de su existencia. Y ninguna imposición se resuelve sobre la premisa de su ocultamiento o la negación de las bases en que se ha fincado. Ninguna imposición se resuelve, tampoco, sobre la idea de la venganza, el ejercicio de una pretendida justicia que abra espacio a nuevos atropellos, o la exclusión definitiva, desplazamiento obligado o exterminio de aquéllos cuyas diferencias no sea posible obviar.

[pullquote-left] “La justicia no sólo no puede ser ciega ni sorda, sino que no debe tampoco pretender ser unívoca ni universal” [/pullquote-left] La justicia no sólo no puede ser ciega ni sorda, sino que no debe tampoco pretender ser unívoca ni universal. La verdadera justicia comienza a partir de que los seres humanos todos tienen, por el solo hecho de existir, garantía de ejercicio de sus derechos a la alimentación, la vivienda, la educación, la salud, el trabajo, la memoria, la creatividad, el ejercicio de sus preferencias y la autonomía de sus decisiones, de manera individual y colectiva, sin amenazar semejantes derechos a otros. Será a partir de estos principios que podrá vislumbrarse como alcanzable la tolerancia, es decir, el establecimiento de acuerdos que favorezcan el reconocimiento de las prerrogativas de todos los seres humanos, una convivencia respetuosa, y una colaboración efectiva entre quienes ocupen cada territorio del planeta y se comprometan a preservar la dignidad y paz en la vida de sus semejantes. Estas han sido las bases sobre las que se han escrito las constituciones y el derecho a lo largo de la historia, pero cuya limitación ostensible ha sido la búsqueda de acuerdos a partir de los resultados de la violencia, la imposición y la conquista. Una imaginación, un sendero y prácticas efectivamente liberadoras, aguardan todavía a la humanidad para que pueda emprender las tareas que requiere la continuidad de la vida de la especie humana en nuestro planeta.

Raquel Sosa Elízaga

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