El buen salvaje: hallazgo del paraíso

Bailarines del Sistema Nacional de Creadores de Arte ofrecen una interpretación de la idea del “buen salvaje”. Fotos: Daniela Chávez | Gaceta Políticas

En la oscuridad emerge una silueta. Sus nudillos se tensan mientras gira la cabeza. Galopa en el escenario. Las convulsiones de su cuerpo danzan al ritmo de la pieza. Ahora, las luces de fuego iluminan cada detalle de su cuerpo. Sonidos electros conectan con sus latidos al momento que sus rizos retozan en el aire.

No tiene posesión alguna, no hay preocupaciones. No hay relaciones, palabras ni razones.

Sin embargo, no es el único. La entrada de este nuevo hombre es más enérgica. Su tez caramelo y ojos capulines quedan impuestos ante esos rizos juguetones. Comienza a perseguirlo. Cuando lo alcanza ambos conectan sus miradas. Combaten con baile. Sus extremidades son independientes. Sus movimientos no están subordinados a la cordura, el cuerpo de cada uno es un origami transformándose. Mientras el brazo derecho es una curva, el izquierdo está contorsionado por encima de su cabeza.

Nuevamente el escenario es invadido por el hombre. Trota alrededor de los combatientes, con los robles como piernas realiza movimientos delicados, fugaces. Su barba anida experiencia y madurez. Contrario a él, vemos al más joven de los bailarines salir. A la redonda del escenario brinca cual gacela.

Frente a nuestros ojos tenemos un oasis masculino; visten chaquetas abiertas, pies desnudos y joggers. Los cuatro varones vagan por la naturaleza.

Tonos esmeraldas iluminan sus rostros. Los rizos y los capulines rugen y dan zarpazos, mientras la gacela y el roble hacen movimientos alados. Luchan por la supervivencia ante las desigualdades renacientes en su sociedad. Despiertan sus deseos.

Los bits baten la pista. Aceleran sus corazones pero en un parpadear cesan. El silencio reina por un momento. Percibimos nuevos sonidos. Guitarras, tamborileos y maracas inundan los oídos de los presentes en el Auditorio Ricardo Flores Magón.

Los cuatro quedan alineados y sus manos asemejan rasgueos de cuerdas. Las formas de sus cuerpos poseen mayor coordinación. Hay un reconocimiento del otro como un ser semejante. Los cierres de sus chaquetas protegen su identidad. El buen salvaje se apropia  del estado puro de la naturaleza. Su danza los enfrenta. Giran, se detienen y se miran, una y otra vez. Ven enemigos o amigos.

Destellos violetas son el escenario donde forman manadas, contonean su cuerpo a cada paso, reconocen líderes y lo sustituyen en repetidas ocasiones. Danzan al ritmo de las trompetas, juguetean como coreografía.

Los bailarines del Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA) detienen su danza para dejar al descubierto sus hombros y con ello su alma. Frente al público quedan tres almas tendidas en el piso. Meditan.

Son paraísos perdidos en busca de recuperar su estado de confianza. Abrazan su intimidad. Al reincorporarse sus movimientos quedan sincronizados. Sus sombras se anteponen en los tonos jade. Por vez primera bailan lo que son.

En el vaivén de cada uno vislumbramos un fragmento de su espíritu. Descienden, palpan el piso, establecen una conexión con la Tierra y exclaman: “este es el paraíso”.

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