América (y su petróleo) para los americanos Entrevista con John Saxe-Fernández

América (y su petróleo) para los americanos Entrevista con John Saxe-Fernández​

Doctor en Estudios Latinoamericanos e investigador del CEIICH-UNAM. Ha seguido de cerca, desde hace tiempo, la relación del petróleo con los problemas principales en el mundo y, últimamente, las vicisitudes que atraviesa Venezuela. En una entrevista para Gaceta Políticas nos habló, sin eufemismos, sobre lo que ocurre con Estados Unidos y su cruzada por conseguir hegemonía en el negocio petrolero.

Petróleo para la guerra y la paz

Es preciso decir que lo que sucede en Venezuela tiene todo que ver con el petróleo. Esta nación, además de tener los principales yacimientos en el mundo —ha conseguido extraer el crudo pesado combinándolo con un tipo más ligero, haciéndolo fluir más fácilmente por los ductos—; posee la octava reserva en el planeta de gas natural, siete mil millones de toneladas de oro, entre otros recursos de gran valor.

Esto pone a eu en un verdadero conflicto, sobre todo si consideramos la fosilización de la economía norteamericana, pues depende mucho de la explotación de este combustible. Un ejemplo de esta cualidad es su sector de transporte, igualmente petrolizado, automovilizado.

Debemos recordar que el ascenso hegemónico de Estados Unidos desde finales del siglo xix y durante todo el siglo xx giró en torno a la explotación del crudo, ni pensar en lo que representa para la industria militar de la potencia del norte en la actualidad. El Departamento de Defensa de esta nación es la unidad público-privada que consume más petróleo en la Tierra, 400 millones de barriles al año, cuando no está en operación. Ese es el quid del asunto.

La situación en Venezuela es entonces una intervención del gobierno es­ta­dou­ni­den­se que no recurre a los instrumentos de mercado sino del Estado —como la diplomacia de fuerza, que incluye operaciones clandestinas, paramilitares y, eventualmente, militares—, para acceder a la explotación del oro negro. Guaidó es, en este sentido, el instrumento más barato que tienen los norteamericanos para hacerse del control de la producción petrolera venezolana.

Así lo confirma el ex director y abogado del fbi, Andrew McCabe en su libro The Threat (La amenaza), cuando cita palabras de Trump diciendo: “¿Por qué no es­ta­mos en guerra con Venezuela si tiene tanto petróleo y está en nuestra puerta trasera?”. Y estas palabras concuerdan con declaraciones del mismo John Bolton, diplomático republicano y actual asesor de seguridad de eu, quien ha puesto esperanzas en que las empresas estadounidenses inviertan y se “hagan cargo” de la generación petrolera en el país sudamericano; esto es, llanamente, quitar a pdvsa de enmedio.

No es casual que los Estados Unidos tengan conflictos con los principales productores de crudo en el mundo (Irán, Rusia, Venezuela), aun cuando la potencia del norte ha sostenido públicamente una abundancia petrolera a todas luces exagerada —en algún momento el propio Obama, ante el Congreso de los Estados Unidos, celebró una suficiencia de 100 años. Algo está pasando con la industria petrolera norteamericana que acelera el interés en la venezolana. Tal parece que existen límites geológicos y financieros para la explotación de los crudos no convencionales, es decir, el petróleo de lutitas, aquél que se extrae con la técnica del fracking.

Adicionalmente hay que considerar la postura negacionista del presidente Trump hacia el cambio climático. No te­ne­mos ya atmósfera para la explotación petrolera, nos lo están diciendo los cien­tí­fi­cos; a menos que sigamos en la ruta de una catástrofe ecológica —en curso— para mantener la industria y la movilidad que depende de los combustibles fósiles.

En pocas palabras, Estados Unidos está haciendo lo que siempre ha hecho: despojar a las poblaciones de sus recursos naturales. Eso ocurrió con la expansión militar de esta nación hacia el oeste, en la que masacró (durante un siglo) a las poblaciones indígenas de norteamérica y, claro, México fue también un despojado; la pérdida de territorio es prueba de ello. Eso es lo que pretende en Venezuela.

Los primeros nazis

Ante este despojo y expansionismo estadunidense es necesario recuperar trabajos como los de James Q. Whitman, en su libro Hitler’s american model (El modelo americano de Hitler), una obra de extraordinaria actualidad, pues muestra la admiración de los nazis más radicales a las leyes raciales norteamericanas. El genocidio más tristemente recordado por la humanidad, aquél en el que sistemáticamente fueron masacrados judíos, homosexuales, gitanos, personas con defectos físicos o mentales tiene un fundamento en la experiencia de norteamérica con las etnias originarias. La doctrina del espacio vital, una justificación de la expansión militar puesta en práctica por la diplomacia de fuerza alemana tiene un símil ineludible con el brutal aniquilamiento de pieles rojas por la doctrina Monroe, baste recordar que su población fue reducida de millones a unos cuantos cientos de miles.

Hay un pasaje del libro de Hitler, Mi lucha, citado en el libro de Whitman, en el que el führer dice admirar la manera en que los estadounidenses capturaban e interrogaban a los indígenas en jaulas. Esto cobra aún más relevancia y actualidad cuando escuchamos a Trump Jr. comparar a los migrantes indocumentados con animales de zoológico.

Desprecio por la vida y crueldad hacia las personas de raza distinta es lo que vemos en la alemania de Hitler, pero también en la forma en que las autoridades fronterizas separan a los niños migrantes de sus padres; eso no se hace, eso no es un acto civilizado, eso es nazi. Pero cla­ro, es que mucho de lo que el nazismo buscó en su tiempo tiene su origen en el ex­pan­sio­nis­mo inglés y norteamericano, en la idea de un supremacismo racial. Y en eu, sobre todo desde la llegada de este “mamarracho” que tienen como pre­si­den­te, el fenómeno de la migración se mira desde la óptica del supremacismo blanco.

Pero hay que aclarar que estas migraciones son provocadas por ellos mismos. Al implantarse en un país el neoliberalismo —y concuerdo con Chomsky al decir que ni es NEO, pues reproduce el capitalismo victoriano; ni es liberalismo, pues éste siempre estuvo en contra de las autocracias—, se generan las precondiciones para una guerra interna. Basta con observar cómo aumenta la militarización y el robustecimiento de las corporaciones policiales cuando llegan los neoliberales al poder. Se recorta el presupuesto en salud, educación y bienestar, afectando el aparato productivo, generando desempleo, desestabilización y descomposición de la economía; el narco es una verdadera economía subterránea que tiene una capacidad impresionante para convertir un país en una tumba.

Latinoamérica en la mira

Es necesario aclarar que Venezuela no es el único país latinoamericano bajo el asedio estadounidense. Tenemos en Brasil a un Bolsonaro que está haciendo pedazos la posición estratégica de esa región, está colapsando el liderazgo de la nación en las américas con su entreguismo e incapacidad. Este mandatario está poniendo en riesgo la Amazonía, la primera selva tropical del planeta; ¿qué pasará si en un futuro Trump decide preguntarse ¿por qué no estamos en guerra con Brasil si tiene toda esa agua y además, está en nuestro hemisferio?

Si yo fuera un general brasileño estaría muy preocupado por las metidas de pata de este individuo en Washington, dan­do entrada a territorio brasileño a las fuerzas militares y especiales nor­tea­me­ri­ca­nas, todo a cambio de unos cuantos mi­llon­ce­jos de dólares. Y que la selva ama­zó­ni­ca esté en riesgo, al entregarse a poderosas empresas, no sólo es una ca­tás­tro­fe para Brasil sino para el mundo, pues este ecosistema es esencial para el bie­nes­tar cli­má­ti­co.

En mi opinión, los pueblos latinoamericanos tienen la obligación de unir esfuerzos para combatir y contrarrestar este despojo. Hay un país pequeño, a menos de 134 kilómetros de Estados unidos, con una población pequeña (11 millones de habitantes), que está todos los días recordándonos que sí se pueden resistir estos embates, se trata de Cuba. Lo que ocurre es que se necesita una movilización política y militar en sintonía para hacer esa defensa.

En fechas recientes he podido constatar con optimismo en diversas pu­bli­ca­cio­nes un pensamiento sobre estas mismas cuestiones en términos de resistencia ante una hipotética intervención estadounidense a nuestro país; hay que revisar el tra­ba­jo del historiador Pedro Salmerón y ver cuál sería la respuesta de México si apareciera un Guaidó aquí.

Para mí nuestra nación tiene futuro. Lo primero que se necesita es un gobierno con apoyo sustancial de la población, y si comparamos la cantidad de votos que ganó Obrador con los que obtuvo Roosevelt en el 32 (un hasta entonces his­tó­ri­co 57% del voto popular), hay que de­cir que el primero aventajó por varios cientos de miles de sufragios al segundo. Por eso importa mucho el triunfo de AMLO, desde el punto de vista histórico, electoral y legal, a pesar del sabotaje que sufrió y en el que algunos personajes de altos vuelos intelectuales estuvieron involucrados.

Hay que tener empatía con López Obrador y entender que hay mucho por hacer, ¿cómo es posible que no tengamos un sistema ferroviario en el país, que nos hayan dejado sin Pemex y sin Luz y Fuerza, que tengamos la necesidad de importar la mayor parte (80%) de la gasolina que utilizamos?

Necesitamos entender que la desarticulación de estas paraestatales no fue una simple reforma sino un aparato de ingeniería de la destrucción operado desde que llegó De la Madrid hasta el último día del gobierno de Peña Nieto. Remediar 36 años de saqueo brutal a las instituciones en tres meses es imposible; por el momento se están sentando bases para recuperar su funcionamiento.

Y al decir esto no estoy sugiriendo que apoyo la idea de una futura economía con un sector energético fosilizado, pero sí me parece que a México le ayudaría bastante refinar sus propios combustibles, no sólo para alimentar a los 45 millones de máquinas de combustión interna en el país, sino para generar empleos.

No hay que olvidar que cuando en este país se invertía en la petroquímica, la economía crecía cerca del 6% anual, y aún más, la nación empezaba a generar encadenamientos productivos alrededor de las refinerías, produciendo plásticos.

Tal encadenamiento tuvo repercusiones internacionales. En la década de los sesenta Michael Tanzer, un gran especialista estadounidense en cuestiones de petróleo, informó en el Wall Street Journal que las cúpulas empresariales petroleras de EU estaban muy preocupadas por el éxito del monopolio energético estatal de Pemex y por sus propios intereses; declaraban el mal ejemplo que la paraestatal daba a los demás países la­ti­noa­me­ri­ca­nos y del oriente medio. Para ellos había que romper este éxito.

Y lo consiguieron, una vez que lle­ga­ron al poder a raíz de la crisis deudora, cuan­do se instala un régimen acreedor a ultranza, logran que la empresa mexicana se someta a las condiciones de cré­di­to que imponen el Fondo Monetario In­ter­na­cio­nal y el Banco Interamericano de Desarrollo. Por eso me declaro un escéptico del fin del neoliberalismo. Mientras el crédito y el depósito —como funciones— se encuentren en manos de magnates, de banqueros que miran por sus propios in­te­re­ses y no por el bien común, la po­­bre­za y la desigualdad extrema seguirán siendo problemas persistentes en México y el mundo.