El nuevo coronavirus: signifcado, consecuencias y enseñanzas de una pandemia

El nuevo coronavirus: signifcado, consecuencias y enseñanzas de una pandemia

Edmundo Hernández-Vela S.
Profesor Emérito de la UNAM. Médico Cirujano e Internacionalista. Decano Académico de Relaciones Internacionales. Premio Alfonso García Robles. Investigador Nacional III. Docente adscrito al Centro de Relaciones Internacionales (CRI) de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Los microbios, bacterias y virus son entidades vivas que han coexistido con el ser humano desde su génesis; muchos de ellos moran permanentemente en él, y algunos son hasta vitales para su existencia.

En condiciones ideales, de homeostasis (equilibrio) y armonía, los seres vivos, humanos, plantas, hongos y animales, coexisten en una interacción compleja y dinámica; sin embargo, en realidad ese balance es inestable, frágil y sensible, por lo que esta situación se puede fracturar con cierta facilidad, afectando por consecuencia la salud humana por infinitas causas, la mayoría de ellas antropogénicas, dando lugar a una tenaz lucha por la supervivencia de cada especie, hasta que se pueda establecer un nuevo equilibrio estacional.

Entre las principales causas de esta ruptura están: el mercantilismo neoliberal que reduce a las personas a la condición de mercancías y a la sociedad a un mercado donde todo se compra y se vende y son comunes la especulación, la corrupción y la impunidad, acentuando las asimetrías y desigualdades de toda índole; caracterizado, también, por guerras, desplazamientos, migraciones, condiciones de vida paupérrimas e infrahumanas, gobiernos y sectores indolentes y/o no preparados, condiciones sanitarias y de higiene inadecuadas, etcétera; además de la gran movilidad y alcance que posibilita la enorme gama de transportes existentes y, por lo tanto, de contactos e interacciones físicas entre poblaciones distantes.

En el caso de los virus, que son agentes infecciosos microscópicos capaces de vivir en ámbitos y condiciones extremos, de mutar, replicarse y hasta hibernar, aún no se cuenta con medicamentos curativos específicos; sólo se puede contener y mitigar sus efectos, por lo que es necesario desarrollar vacunas para producir una inmunización activa contra cada enfermedad determinada, que debe mejorarse continuamente en consonancia con las variaciones y mutaciones genéticas de los virus; de esta forma se ha logrado eliminar o contener cada pandemia, en sus características propias, por etapas históricas, desde los orígenes del “mundo conocido” hasta el “mundo globalizado” de ahora; v. gr., la erradicación de la viruela y la contención de otros padecimientos infecto-contagiosos de elevada letalidad.

Así ha sido desde la noche de los tiempos, los seres vivos de la Tierra han padecido y sufren enfermedades epidémicas, endémicas y pandémicas en función de su expansión, cuyos nuevos hallazgos, sobre todo con los avances de la nanotecnología y la ultra nanotecnología, indican que muchas de ellas desechan su novedad, y después de haber sido reprimidas o agotado su inercia, sólo están hibernando en espera de condiciones propicias para su resurgimien to; por ejemplo, el cáncer o los cánceres, que siempre han estado presentes en hombres, plantas y animales, ya que sus agentes causales se han diversificado y mutado cuando les ha sido posible, constituyendo un conjunto de afecciones presentes en todo el mundo; lo mismo ha sucedido, de modo notable, con los virus que de manera circunstancial han aprovechado la debilidad y vulnerabilidad de ciertos humanos o grupos de personas, como el VIH/SIDA o Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, también de alcance planetario, aunque nadie piensa que sea prudente aceptar que hay una pandemia de cáncer o de VIH/SIDA.

La batalla de la humanidad contra los microbios es permanente, cruenta y despiadada; se han tratado de romper los ciclos de enfermedades transmisibles entre plantas, animales y hombres; por citar un caso, en todo el siglo XX y lo que va del XXI la humanidad ha padecido 14 pandemias sólo de influenza, a partir del virus básico H1N1 y su oportunista variabilidad genética, además de ciertas perturbaciones infectocontagiosas que aún asuelan a la humanidad.

Dicho esto, es claro, sobre todo en el ámbito científico médico, que en cualquier momento puede surgir o resurgir un mal contagioso grave y mortal, pero no se puede predecir ni cuándo ni dónde, sólo se está seguro de que acontecerá; de ahí la importancia de contar con el arsenal necesario, las vacunas, y los antibióticos, según los casos, para evitar los rebrotes de trastornos conocidos o sus nuevas manifestaciones estacionales, como en los casos de sarampión, varicela, rubeola, difteria, tétanos, paperas, gripe común, neumonías e influenza; además de aplicar las vacunas oportuna y periódicamente a la población, empezando por los sectores más vulnerables.

Toda enfermedad que rebasa el umbral del control sanitario ocasiona en las sociedades afectadas, dependiendo de su gravedad, duración, extensión y resistencia, además de la pérdida de numerosas vidas humanas y el empleo de incontables recursos personales, económicos, físicos y terapéuticos para enfrentarla, enormes repercusiones de todo tipo: social, económico, político, laboral y educativo.

Desde la segunda postguerra mundial la humanidad ha padecido flagelos indecibles y cada nueva pandemia ha tenido mayores efectos, consecuencias y alcances. La actual contingencia sanitaria no tiene paralelo en la historia reciente debido a su dificultad de diagnóstico, velocidad de contagio, pronta incubación (de dos a siete días), amplitud de daños orgánicos, letalidad, mortalidad, morbilidad, secuelas y afectaciones. Ningún sistema de salud en el mundo estaba preparado, ni podía haberlo estado, para hacerle frente de manera oportuna y eficiente, pues el desarrollo de las vacunas específicas suele requerir varios años. Aunque desde febrero de 2003 se conocía el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SRAS) 1 causado por el coronavirus, nadie podía haber predicho los efectos catastróficos que tendría casi dos décadas después una de sus variantes, confundiéndose al inicio con otros tipos de neumonía e influenza y anulando prácticamente todas las previsiones comunes tanto en China como en el exterior.

La reacción internacional tampoco podía ser instantánea al unísono porque el nuevo SRAS causado por el Coronavirus-19 (Covid-19)2, que tuvo su foco de infección en Wuhan, China, en diciembre de 2019, fue notificado el último día del año, y su acelerado desarrollo progresivo, gracias a las grandes concentraciones humanas y la notable interconectividad de los transportes, infundieron una colosal inercia a la transmisión de la enfermedad. La rápida respuesta de la nación asiática no contuvo la expansión de la plaga con sus fulminantes efectos y en todo el orbe sonaron las alarmas.

Ante una emergencia sanitaria de esta magnitud y naturaleza, ningún país, Estado o comunidad está suficientemente dotado, preparado y blindado. Para responder lo más rápido y mejor posible, se requiere disponer de un adelantado plan de previsión, prevención y vigilancia permanente; integrado, articulado y dinámico; basado en un sistema de salud competente, organizado y avanzado; con personal, equipos, infraestructuras y estructuras adecuadas, además de elevadas capacidades de investigación y desarrollo científico, que implican la disposición y el respaldo de cuantiosos recursos económicos capaces de financiar el despliegue consecuente de los respectivos protocolos de previsión, preparación, actuación y recuperación; pero así como no existe país autárquico alguno, tampoco hay el que esté protegido ante estos flagelos, pues, además, la creciente interconexión del planeta, tanto humana como física, no lo permite, y es menester la asistencia y cooperación internacional.

Es por ello importante destacar el papel fundamental de las Naciones Unidas, por medio principalmente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que, junto con la Fundación pro Naciones Unidas y sus asociados, lanzó el 12 de marzo de 2020 el Fondo de Respuesta Solidaria a la Covid-19, a fin de recabar los recursos necesarios para una gesta universal, esto, además, con el inconcebible boicot de Estados Unidos.

La OMS se ha puesto a la vanguardia de estas luchas desde hace cerca de 75 años, en coordinación con los organismos regionales correspondientes, como la Organización Panamericana de la Salud (OPS), los grupos de expertos en la materia y la participación y colaboración de los Estados miembros, sus instituciones, empresas y ciudadanos, que aplicarán las acciones y medidas de los planes, programas, reglamentos, protocolos acordados y actualizados, adecuándolos a las condiciones propias, siempre teniendo en cuenta el contexto exterior. Sólo así se puede enfrentar una contingencia catastrófica como la que estamos viviendo en la actualidad y recuperarse, como siempre ha sucedido.

No obstante, la respuesta mundial a esta emergencia ha sido desigual debido a las circunstancias particulares de cada nación y localidad; ni Estados Unidos ni los demás países capitalistas más desarrollados han escapado o eludido los efectos desastrosos de esta contingencia a la que, contrastablemente, han enfrentado en mucho mejores condiciones que la mayoría de los pueblos postergados, que sólo cuentan con los implementos necesarios que aquéllos les han vendido o transferido; mismos que además, suelen considerar las pérdidas de éstos como marginales. Así mismo, debido a la premura, como a los capitales y la infraestructura industrial imprescindibles, se ha desatado una carrera por las vacunas; una competencia entre las principales empresas químico-farmacéuticas, apoyadas por sus respectivos gobiernos y con el concurso de algunos centros universitarios de investigación, en lo que, al margen de sus efectos benéficos, será un negocio muy rentable. Pocos países, como Cuba, han sobresalido por sus importantes y ejemplares logros.

En noviembre de 2020 estamos esperanzados en estar viviendo la última etapa de la pandemia, avizorando su resolución con la expectativa de no únicamente contener a la COVID-19 y sus posibles variantes y mutaciones, sino lograr su eliminación, por lo que es menester reconocer que cada sistema de salud en el planeta ha hecho no sólo sus mejores esfuerzos, sino gala de entrega, convicción, servicio y hasta sacrificio: médicos, enfermeras, paramédicos, asistentes y todo el personal de apoyo sanitario, al frente de este enconado y costoso ámbito de la lucha por la vida.

En calamidades como éstas es común encontrar, tanto en las sociedades nacionales como en el ámbito internacional, situaciones contrastantes como la del pueblo común, ávido de información veraz y respetuoso, frente al negligente y malintencionado, en cuanto a las indicaciones y la conducta pertinentes; al solidario y generoso frente al avaro y ambicioso; y también al inerme ante el desmedido mercantilismo y medro, así como los colaboradores administrativos y funcionarios probos y eficientes, frente a los serviles de los ricos e influyentes, azuzados por la jauría de famosos intelectuales orgánicos y “corporativos” que parasitan los medios de comunicación, implacables amarillistas y críticos, opositores de cualquier sistema y régimen que los desoiga y desaire. No sería raro que el mismo u otro iluminado se refiera a este momento como el fin de la historia y que esto sea festejado y trate de ser interpretado por los corifeos de siempre.

Después de esta pandemia el mundo ya no será igual, pero seguirá siendo el mismo

Así como se ha puesto en evidencia el mito de que todos tenemos teléfono celular, computadora y/o tableta, acceso a Internet y servicios informáticos, también lo hará la insensatez de pensar que, de ahora en adelante, la vida será como la que estamos soportando de manera extraordinaria debido a la contingencia. La evolución humana es constante, pero son los pulsos intermitentes, como el actual, los que le imprimen nuevos alientos, condiciones y energías; volveremos a nuestra vida cotidiana con un mayor aprendizaje y nos seguiremos adaptando a las nuevas y cada vez más impresionantes tecnologías, en formas y con resultados dispares, como el de los primeros 20 años de este siglo, que han sido de la incomunicación, cuando las personas, sobre todo los jóvenes, han preferido (in)comunicarse por teléfono, en lugar de hacerlo de frente, presencialmente; resurgirá el hombre social, la convivencia personal, que en las presentes condiciones de aislamiento, o nos ha hecho falta y la hemos extrañado, debido a la dispersión de la familia en múltiples claustros, o la hemos aprovechado y gozado, por nuestra propia salud, cuando ha sido posible. El confinamiento, y separación requeridos por la contingencia nos ha enseñado que la electrónica, por más útil y necesaria que sea, no substituye el trato personal, el calor humano; en el futuro seguramente se usarán más y mejores medios electrónicos en determinadas actuales y nuevas actividades, pero seguirán siendo complementarios, ya que no pueden remplazar la presencia y el contacto humanos.

Las nuevas enseñanzas implicarán, para una nación como México, principalmente para la Cuarta Transformación del país, que, en aras de la prerrogativa a la salud de todos los mexicanos, en el marco de la interdependencia de los derechos humanos, la exigencia de volver y reencauzarnos por la senda de garantizar una autonomía fundamental en la investigación, el desarrollo, la producción y el suministro suficientes y oportunos de medicamentos y vacunas imprescindibles para la población, con el fin de alcanzar el mayor grado posible de seguridad sanitaria, lo que requiere necesariamente de mayores apoyos y estímulos significativos a las universida des, tecnológicos, centros y laboratorios de investigación y farmacéuticas nacionales, incluso para impulsar de manera obligada la genómica o una nueva forma de tratar diversas enfermedades y otros padecimientos, ya en franco desarrollo.

Este objetivo no se podría lograr sin un impulso a la educación del más alto nivel, con perspectiva nacional, a fin de conseguir el tan anhelado objetivo de construir una sociedad avanzada con plena justicia social.

1 En inglés: Severe Acute Respiratory Syndrome (SARS).
2 En inglés: Coronavirus disease (Covid), del año 2019.